
Desde niño, mi padre me llevaba todos los sábados, a la estación de AFE y nos subíamos juntos al tren que tenía como destino final la estación de Peñarol en Sayago. Viajar en tren, era un viaje fantástico: los aromas, los gritos, los silbidos de la locomotora, la campana de salida, las luces, la nube de vapor ya invadían mis sentidos en la estación. Emocionante, subir al vagón de madera, con las butacas tapizadas de cuero, abrir la ventanilla y sentir el viento en plena cara, el pregón de los vendedores ambulantes, la presencia del inspector con la perforadora en mano, asomarse a la unión de los vagones contiguos, activaban intensamente mis latidos.
Más de 4 décadas después, las sensaciones, vuelven a brotar desde la memoria, pero con atenciones distintas. Salir de la rutina del trayecto al trabajo, no tener que manejar, cruzar a la gran ciudad, desarrollan atracciones particulares.
Lisandro de la Torre es la estación donde generalmente tomo el tren para ir hasta Tigre, parando en 15 estaciones distintas (Belgrano, Nuñez, Martinez, La Lucila…). En cada estación suben personajes distintos que van incorporándose como pinceladas a las imágenes que voy registrando. De diferentes estratos sociales, etnias, el viaje se va mimetizando con las mismas sensaciones que me agitaban en mi infancia, esta vez pulsando intensamente el disparador. Solos o en parejas, sentados, parados, dormidos, leyendo, entretenidos o aburridos, mis compañeros de viaje se prestan a mi inquietud, de brazos cruzados, extendidos, colgados todos posan para mi. La luz natural que entra por las ventanas enormes, y la luz tenue de los tubos del vagón, me seducen al igual que el elemento técnico de la fotografía digital, que me impulsó a expresarme más en color, a ver, sentir y combinar más los colores del ambiente.
Daniel Behar